Vivir en casa de mi tío Marcial (III)

Por Alvaro Zulueta

Como funciona mi cabeza

Lo que voy a intentar a continuación me va a ser difícil y mucho. Tengo que poner como precedente el hecho de que nadie o casi nadie ha sido nunca conocedor del funcionamiento de mi cabeza. Digamos que mis pensamientos no siguen un orden, no conocen un patrón ni están marcados por un algoritmo, y puedes pensar que eso es normal o un caso no tan extraño, pero tranquilo, hay más; me es imposible pensar en algo concreto, nunca retengo un solo pensamiento y si la mente puede ser dispersa la mía se encuentra en la más profunda disolución, seguramente habrás vivido la típica situación en la que pillándote abstraído en tus cosas te pregunten a bocajarro lo típico de «en qué estabas pensando», vale, cuando esto me ocurre a mí no puedo decir nada, en lo que he estado abstraído no he pensado en nada y lo he pensado todo al mismo tiempo, es más, en el instante que me hacen la pregunta he pensado cinco cosas totalmente diferentes, esto nos lleva a un interesante punto, antes me he referido a la libertad de mi cabeza y como es ajena a cualquier regla o patrón, entonces ¿como ocurre el fenómeno de una rápida secuencia de ideas?  Fácil, mediante saltos y puentes entre ideas, solo hace falta que un pensamiento y otro tengan una minusculisima parte en común para que se produzca este cambio. He especificado que nunca retengo un solo pensamiento y es exactamente lo que me sucede, me gusta imaginar mi cabeza como un gran lienzo en el cual se posa cada pincelada a modo de pensamientos, por lo tanto cuando una pincelada (idea) se superpone a la que le antecede, todavía queda una pequeña esencia traslúcida del color de la misma. Es decir, no cambio de idea de una forma radical, sino que las mismas se van entremezclando hasta que su color queda enterrado por la opacidad de la superposición de un conjunto de ideas que las preceden. No hemos acabado.

 Aclaramos entonces que en mi cabeza se conforma la existencia de un libre albedrío sin orden ni concierto y que me es imposible pararme a pensar en una idea concreta durante una «cantidad» razonable de tiempo, pero esto se ve supeditado a una excepción que confirma la regla, si de manera voluntaria quiero ‘pararme a pensar’, nunca mejor dicho, he de ejercer una enorme fuerza de voluntad y emplear un alto y exhaustivo grado de concentración (cualidad que me falta en gran medida) para amarrar temporalmente una idea, aún así existe una manera por la cual puedo retener un pensamiento de forma automática y sin esfuerzo, esto es gracias a una características que en mi persona funciona como pegamento «semicuasipermanente» y que es llamada comúnmente como: curiosidad. No se ha conocido en la tierra ente más curioso que yo, ya sea desde observar las rarezas de la gente en el metro a pasear por callejuelas de Madrid con el único propósito de empaparme de la vida cotidiana de la gente, es raro, pero uno de los placeres que más disfruto es el de contemplar el transcurso de la monótona y tranquila vida ajena a través del máximo esplendor arquitectónico de la historia del hombre, la ventana. Soy curioso por naturaleza y afición, esto me supone estar interesado constantemente en la vida del prójimo y preguntar hasta el más mínimo detalle de una anécdota o historia. Volviendo a lo que nos interesa, es la curiosidad lo que mantiene a raya el descontrolado libertinaje que reina (pero no gobierna) en mi cabeza, por lo que solo los temas que me interesan y que pican mi curiosidad me son fáciles de estudiar (Filosofía o Historia del Arte son claros ejemplos), por lo tanto, cualquier otra asignatura que no avive esta faceta mía me cuesta mil infiernos estudiarla, ya que si me cuesta mantenerme centrado en una idea paso en milésimas de segundo de pensar en los números primos a pensar en por qué mis primos Iñaki y Santi son a veces tan obtusos con las mujeres.

 Aunque esta cualidad me complica y me hace ver ardua tareas como las de estudiar, tiene sus claros y aspectos positivos, por ejemplo esta faceta me convierte en la antítesis del agobio y me impide preocuparme demasiado sobre algo durante mucho tiempo, también consigue que no guarde rencor fácilmente y que me sea más fácil perdonar y olvidar errores ,tanto del prójimo com míos propios. Por lo tanto, aunque soy incapaz de pararme a meditar sobre un problema que me preocupa para darle solución, pasaré inmediatamente de pensar en ello a imaginar cualquier cosa más positiva, lo que (haciéndome un desastre en muchos aspectos de la vida) me convierte en un ser alegre, positivo, feliz y despreocupado (a veces demasiado).

Lo que necesitas es hacer la concentración del Jefe de Carros, luego cuando llegue a casa te lo explico

Tío Marcial


Categorías:Cajón De Sastre, Social

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