El Arte de Dar

Me suelen sacar de quicio los semáforos en Madrid. Algunos, concretamente. Los del centro, para más datos. Me tensiona mucho tener que estar pendiente de que no me echen agua con jabón en la luna del coche, sin haberlo pedido. Me molesta tener que decir que no a estas personas, ser borde por obligación. Me fastidia eso, que no me dejen más opción que la de ignorar, o ser borde.

Curiosamente, a las entradas de Madrid, desde la M-30, la cosa es distinta. En mi anterior oficina, según entrabas por Avenida de América, hay un señor altísimo con una carpeta azul en ristre, que va saludando y dando los buenos días, buenas tardes, buenas noches a todos los conductores. Yo al principio pensaba que era un informador del CNI (y de hecho, lo sigo pensando, ya que la posición es privilegiada), su postura era mucho menos intrusiva que la de los del centro. Estoy seguro de que ese señor recibe más donativos que los limpias de los semáforos del centro.

En mi nueva oficina, entrando por la Pza de José María Soler, hay un señor mayor con orejas de soplillo y que no habla una palabra de español. Los que han pasado por ahí lo reconocerán: tiene un montón de muñecos de peluche, perritos, vaquitas, elefantitos en la mediana. Como si quisiera alegrar o enternecer al personal por la mañana. De hecho siempre está sacando el pulgar y sonriendo, dando palabras de ánimo y llamando amigo a todo el que le mira. Vende pañuelos. Al principio yo le daba una moneda y no le quería aceptar los pañuelos, pero él se negaba y me lo metía por la ventana, las cosas claras, yo estoy aquí trabajando. Cuando vendí mi coche el mes pasado los conté, tenía 24 paquetes de pañuelos repartidos entre guantera y laterales.

Un buen día empecé a ver que ya no había peluches en la mediana, y le pregunté qué había pasado con ellos. Su respuesta fue muy clara «peluches, de noche, cabrones». Bastante claro.

A la semana siguiente ya volvía a haber peluches atados al semáforo. Marketing hay en todos lados.

Ahora voy en transporte público. Cojo dos autobuses y un metro, lo que me permite ir pensando, abstraído en mis cosas, y también mirar a la gente. Esta mañana me he encontrado a mi amigo el orejas subiendo al autobús camino ambos del trabajo, yo a mi mundo de empresario, él al suyo. En la cola me ha mirado, como reconociéndome, pero yo he hecho como que no le conocía, aunque perfectamente consciente de su presencia y de su mirada. Él no ha dejado de observarme, sonriendo con los ojos, como entendiendo y disculpando mi estupidez, vanidad, soberbia, o vergüenza. Cuando ha llegado el momento de subir al autobús ha sido inevitable que le mirara, y es entonces cuando me ha enseñado su mejor sonrisa, me ha agarrado la mano con la suya (una piedra por mano) y haciendo la señal de «ok» con la otra me ha dicho «ya peluches, ya no cabrones».

Yo le daba limosna, pero él me vendía pañuelos. Yo le preguntaba por lástima, pero él me hablaba de las vicisitudes de su trabajo. Yo no le situaba más que en ese semáforo, pero él iba a trabajar igual que yo, en autobús, pagando en cash.

No sé cual es la enseñanza de todo esto, pero estoy convencido que tiene algo que ver con cómo percibimos la limosna, la dignidad, o el trabajo.



Categorías:Cajón De Sastre, Espiritual

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