Crees que deberías haber nacido unos siglos antes

Me dices que lo que te rodea no pasa de lo mediocre y que crees que deberías haber nacido unos cuantos siglos antes. Me comentas que ni los hombres son hombres, ni las mujeres son ya mujeres. Se han convertido todos en seres sin alma, “Men Without Chest”, como decía Chesterton, que se fijan únicamente en lo que más satisfacción les puede producir, tanto en el corto como en el largo, aunque, me dices, ya el hecho de ver a alguien que se niega un placer hoy por conseguir algo mañana, es una rara avis.

Dices, con cara de preocupación que te vas a mover en un mundo que no te gusta, con gente a la que desprecias por su debilidad, y que no vas a encontrar en los días de tu vida a alguien que piense como tu. Y eso te da miedo, porque estás condenado a ser un extraño en el mundo, porque estás condenado a vivir en constante combate. Me miras con ese aire de condescendencia del que cree que ha visto mucha mierda, que los que os hemos precedido ni siquiera imaginamos. Crees que yo lo tuve mejor, más fácil, porque las cosas estaban más claras antes, y que haber aguantado con fidelidad todos estos años es algo que tú no vas a poder lograr, y por eso estás a punto de tirar la toalla.

Y yo te respondo, cada vez que me dices eso, que no tienes ni idea. Te digo siempre las mismas palabras: que el hecho de que nosotros no aceptemos que la realidad es oscura y cutre, no significa que ignoremos su existencia. Te digo que hemos pasado, visto, vivido y sufrido cosas que tú jamás imaginarías, que tenemos motivos más que suficientes para dejar de creer en el ser humano, en el prójimo más cercano, pues hemos experimentado traiciones, y que especialmente, las más duras, son las traiciones de nosotros mismos a nosotros mismos. Esas (te digo) son las más duras de todas, porque dejas de creer en ti mismo.

Pero también te digo, querido amigo, que dentro de toda esta desesperante situación, hay motivos de esperanza cada día. Si Dios sigue creando vida es porque sigue confiando en el hombre. Te digo, te insisto, que las mismas cosas que nos han ido empujando a perder la fe en el hombre nos han hecho ganarla en Dios, que, pudiéndolo todo, sigue confiando en que haya alguien a quien enviar, como Isaías. Y te digo que el hecho de que sea un milagro encontrarse a alguien como tú, lo hace precisamente una experiencia única. Cuando descubres a tu lado tesoros del alma en hombres y mujeres, es donde aparece la verdadera amistad, y el verdadero amor.

Me pides, una y otra vez, que te diga cuales son las virtudes del hombre, que le hace especial, y yo, como en un juego, te las empiezo a enumerar de nuevo, como casi cada día, a desgranar, para que no se te olviden.

Y te digo que el VALOR es la cualidad básica de cualquier hombre que se estime como tal: cualidad del alma, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros. Que no puede ser hombre un pusilánime, y que la pusilanimidad, la cobardía, se esconde siempre entre los pliegues de la prudencia (no es el momento), de la vanidad (qué van a pensar de mí), y de la vergüenza. Que un hombre o una mujer valientes, son aquellos que, conscientes de lo que tienen delante y sus consecuencias, lo arriesgan todo en el empeño de la conquista, como en un juego, en el que, si pierden todo, su actitud es que parece que lo ganan.

Te digo que el SENTIDO DEL DEBER, que es sinónimo de HONOR, te debe atacar como un puñal en el corazón cuando, presentada la tarea o la situación frente a ti, quieres salir de ahí y tu conciencia no te permite dar un paso más en la dirección opuesta. Que es esa cualidad del hombre que le hace perder, una y otra vez, las cosas mundanas, pero que le hace ganar las cosas divinas. Que el sentido del deber te obliga, como la nobleza de corazón, a amar a la Patria, porque es amar al hermano, y a cumplir con ellos como si se tratara de un contrato vinculante con Dios mismo, firmado en la eternidad. Te digo que todos tenemos honor, desde el Rey hasta el campesino, pero que muy pocos lo cuidan.

Te hablo, y no me crees, de que la estética es el símbolo del poder de tu voluntad. Que no puedes estar dejado a tu edad, que tienes que estar físicamente activo y preparado, no por vanidad, sino como reflejo de que tienes una voluntad fuerte, tan fuerte que es capaz de moldear tu cuerpo. La cara es el espejo del alma, el cuerpo es el espejo de la voluntad. Te digo que cuando te toque, no tendrás derecho a ponerle un cerdo encima a tu mujer cada noche. Te digo que cuando Dios te llame a su viña, vas a tener que tener los músculos en tensión preparados, y los tendones endurecidos, y el cuerpo acostumbrado a pasar noches en vela. He conseguido tantas victorias por haber pasado noches sin dormir, mientras el enemigo se rendía al agotamiento…Te digo, como Socrates, que no hay nada más triste que un hombre que no ha podido ver nunca su cuerpo en plenitud.

Hablamos de la LEALTAD, y, por este orden, te voy desgranando la lealtad a Dios, a tu palabra, a tu familia, y tus amigos. En este orden. Que con Dios no te puedes comprometer doce veces, sino una, y que El no se olvida de tu compromiso, por lo que tú no debes hacerlo tampoco. Te digo que tu palabra es una, y sólo la puedes dar una vez, y que no puedes romperla porque la sociedad lo demande, porque te enamoraste perdidamente, porque las circunstancias cambiaron…¿cambiaste tú?, entonces ¿por qué habrá de cambiar tu promesa?.  Que San Agustín te dice hoy: ama a tus padres, más que a tus padres a tu patria, más que a tu patria a Dios. Y que la lealtad, querido mío, aunque no esté de moda, te hará feliz. Te llevará a hacer cosas que no quieres, te llevará a considerarte mala persona, porque las tentaciones serán muchas y nunca vienen oliendo a azufre. Te llevará a hacer daño a mucha gente, pero siempre será esa brújula que te dice que puedes confiar en ti mismo cuando tomes una decisión.

Si te encuentras por la vida a alguien a quien la mera presencia de la injusticia le es insoportable, no te separes de él. Donde estés tu, tiene que haber justicia, donde estés tú, la gente mala tiene que estar incómoda, donde estés tú, tiene que haber combate. Y si ves a alguien que está dispuesto a combatir la injusticia contigo, que incomode a los malos y no pacte con ellos, no dialogue, sino que los enfrente de verdad, entonces ese será un hombre como tú.

No te dejes llevar por las modas que te dicen que la mujer es igual al hombre y hay, por tanto, que tratarlas igual. No, hijo mío, las mujeres no son iguales, son superiores. Dan vida en todos los aspectos de la existencia. Dan vida y la mantienen y la hacen crecer. Sin feminidad en el mundo nos moriríamos como un recién nacido al que no tocan, sin ternura en la vida, no hay nada por lo que merezca la pena vivir, sin la belleza y equilibrio que ellas aportan, ¿a dónde vamos cómo hombres?. La mujer nos moldea a su imagen, necesitándonos físicamente y complementándonos emocionalmente. No dejes de abrirles la puerta, de cubrirles la calle, de invitar en la comida, de cogerles la maleta, no dejes nunca de tratar a cualquier mujer como si fuera tu madre, y si ves que alguien no lo hace, desprécialo, porque no es un hombre como tú.

Y yo te digo, como siempre al terminar nuestras eternas conversaciones, que si encuentras a alguien así, no te separes de él, porque ese es un amigo para toda la vida y, si es mujer, probablemente el amor de tu vida. Que yo he encontrado más de ellos de los que jamás he podido imaginar, y que sólo hay que estar atento.



Categorías:Mental, Social, Vocación Política y Liderazgo

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