Recuperar la Tradición Weird

Recientemente, una encuesta del Pew Research reflejó el desmoronamiento de la fe en Occidente. Los hechos son devastadores. Solamente un 26% de los católicos de menos de 40 años creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Si la Eucaristía es el origen y cumbre de nuestra fe, la fuente desde la que brota la vida de la Iglesia, entonces este informe es increíblemente preocupante. La Eucaristía es el corazón latiente de nuestra fe – y todavía 7 de cada 10 jóvenes católicos en los bancos de la iglesia no creen en ella. Y si esto es así, la conclusión es que no creen para nada en la fe Católica. 

Credit: Naomi Vrazo/Archdiocese of Detroit

A muchos les asusta esta estadística, y con razón. Pero, mientras hay muchas razones para explicar el colapso de la fe, tengo para mi que una de ellas no es muy difícil de identificar – la nueva religión del consumir, usar y tirar.

La Nueva Religión Global

Toda cultura surge de cultus, adoración genuina. Y toda auténtica adoración, surge de un profundo sentido de misterio sagrado en el corazón de la vida. Simbolicamente representado por las iglesias en el centro de los pueblos medievales (en Europa), desde la que toda la comunidad crecía hacia el exterior. La adoración era el acto supremo en la vida en Europa. Sin un credo que soportara el acto de adoración, sin un sacrificio santo, nada de lo demás tenía sentido.

Hoy, hay un nuevo centro en nuestra aldea global – y no es la iglesa, sino el centro comercial, ya que el consumismo es la nueva religión. La enseñanza fundamental del consumismo es que infinitas opciones de elegir, la infinita libertad, trae la felicidad. Y de este culto surge el dogma de la autonomía radical, o la autodeterminación absoluta. Este dogma se articula sucintamente en el lema de el tristemente famoso satanista de hace un siglo, Aleister Crowley: “Do as thou wilt” (la traducción es “haz lo que quieras”, pero él lo pronuncia con ese tono bíblico usado sólo para Dios, representando que el hombre es el nuevo Dios).

La realidad, por tanto, está sujeta a nuestra voluntad. Infinitas elecciones, infinita libertad, infinita autodeterminación – esos son los principios fundamentales sobre los que descansa la cultura moderna. Nada puede ponerse entre nosotros y nuestras ilimitadas elecciones, nuestra capacidad de rehacer la realidad a nuestra propia imagen. Incluso puedes llegar a ofrecer a tus propios hijos como sacrificio a este dios insaciable.

Este credo moderno de la autodeterminación se oye constantemente en los cantos de los activistas proaborto “mi cuerpo, mi decisión”. Estos activistas se llaman a sí mismos “prochoice”. Incluso las nuevas leyes se establecen como un “derecho a decidir”. Derechos que no existen ni que son inherentes a la naturaleza humana.

Es más, cualquier obstáculo en el mercado que se oponga a la autodeterminación, debe ser destruido. Y el obstaculo principal es la auténtica fe. Una persona poseída por una vision trascendente de la vida, vive acorde con valores que se oponen radicalmente al dogma de la autodeterminación. Por tanto, la fe debe ser relegada a un lugar secundario en su vida, o completamente aniquilada.

El poder billonario de las grandes empresas, que se manifiesta en el márketing, publicidad, medios de comunicación, redes sociales, todo mezclado, trabaja sin descanso para destruir lo trascendente, lo sagrado, para fijar nuestros ojos en el reino de este mundo. El mercado debe reinar completamente, es el Dios que no tolera rivales.

La Solución es una ContraRevolución

Enfrentados a una cultura que adora la autonomía radical…¿qué podemos hacer?

Quizá la mejor manera de rechazar la esclavitud de lo moderno es volver a la vitalidad de la tradición. Quizá ese es el acto supremo de revolución.

Pero…muchos creen que la tradición es simplemente la repetición de actos y fórmulas del pasado. Y nada puede estar más alejado de la realidad. La tradición es el dinamismo, la energía potencial del pasado contínuo en el presente. Porque la continuidad es esencial en la vida. Me hago viejo, pero sigo siendo la misma persona que era cuando niño, porque mi vida interior ha continuado sin interrupción. Y esto es la tradición, esto es lo que significa tradición.

El consumista moderno me pregunta “¿pero qué es lo que buscas con tus rezos?”. El tradicionalista me pregunta “¿qué oración es más merecedora de lo divino?” y se rinde a Dios. Lo actual, lo liberal, empieza con el hombre, pero la tradición empieza con Dios.

Si quieres evangelizer eficazmente, tu vida y tu oración debe hablar de otro orden mundial, uno que rechaza la autodeterminación y proclame que la trascendencia es real. Cuando besamos una cruz, es lo que hacemos. Cuando nos arrodillamos ante la Eucaristía en el sagrario, es lo que hacemos. Cuando rezamos, abriéndonos a la gracia, es lo que hacemos. Cuando adoramos en una lengua sagrada, es lo que hacemos. Y es lo que hacemos cuando nos atrevemos a recordar nuestra muerte, y cuando hacemos una genuflexión y la señal de la cruz frente al sagrario, cuando sacrificamos nuestros deseos momentáneos por lo eterno, cuando veneramos a la Virgen. Cuando procesionamos con cantos e incienso, cuando confesamos nuestros pecados a un sacerdote.

Todos estos actos de adoración son raros y frikis a los ojos del mundo. Son extraños y sorprendentes porque son actos de sumisión a algo mucho más grande que nosotros mismos, algo que no hemos creado nosotros ni hemos elegido. Hablan de valores que trascienden el mercado, de un mundo espiritual que impregna y penetra el mundo de la materia. Son actos que abren una ventana a lo divino.

Hombres arrodillados en el fango ante un sacerdote que porta la Eucaristía

Y voy más lejos incluso, hasta para decir que si nuestra religión no le es rara al mundo, entonces de una manera u otra estamos perdiendo la fe. Cuando nuestra adoración está encerrada, cuando se convierte en algo que depende de nuestros deseos o sentimientos, inmediatamente empieza a morir. Por tanto, debemos ser como esos tres jóvenes judíos de la Biblia que se negaron a inclinarse ante un enorme ídolo de Nabucodonosor. Mientras todos los hombres se arrodillaban ante el, ellos permanecieron de pie, como flechas apuntando al cielo, porque ellos sólo adoraban a Dios.

Queremos nuestra Iglesia de vuelta, con sus colegios católicos, con sus monjas, su vida religiosa, sus sacerdotes, su santa misa, su rosario, sus familias grandes, sus grandes iglesias, su incienso, sus velas, su reputación casta y de servicio, su fe, su identidad CATOLICA, queremos nuestra Iglesia de vuelta.

Y también, de la misma manera, queremos humillarnos ante nuestro Dios y Rey en la Eucaristía y recibirle con reverencia y admiración. Queremos vivir como si fuera incluso más real que las sombras de esta vida…porque lo es. Debemos volver a la vitalidad de la tradición, porque haciéndolo nos revolvemos contra el culto moderno a la autonomía humana. En suma, tenemos que hacer del catolicismo algo friky, porque de esta manera nos haremos testigos en un mundo agotado y herido que está deseando lo divino.



Categorías:Espiritual

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