7 de Noviembre.1936.

Se llamaba Pepe y hablaba mejor valenciano que castellano. Era de Beniganim, un pueblo pequeño en el interior de Valencia, en El Valle de Albaida. Se quedó huérfano de madre siendo niño, y su padre se casó de nuevo. Con 14 años, sintió la llamada que por aquellos años de 1914 sentían muchos en la tierra, y con los ahorros que tenía se compró un pasaje en tercera en el barco Montevideo, rumbo a Ellis Island, Nueva York.

He vuelto cientos de veces a NYC, y tengo la costumbre de ir a rezar laudes la primera mañana a la Iglesia de Saint Vincent Ferrer, en 869 Lexington Ave, a donde me dirigieron las primeras veces mis melancolías. En la entrada de la iglesia hay una enorme bandera de Valencia. Sé que en sus primeros tiempos, Pepe iba a esa iglesia, como centro de encuentro de todos los valencianos exiliados, y sé que fue ahí donde oyó hablar valenciano a un matrimonio, y tras meses de vivir de la caridad en un cobertizo detrás de un restaurante de la Quinta Avenida en el que era pinche, fue acogido con ellos en su comercio, donde pasó felizmente el resto de los años que estuvo en Estados Unidos.

Pepe venía de la España rural de Alfonso XIII, deprimida y políticamente inculta, y en Estados Unidos aprendió, de la mano de las campañas de Theodore Roosevelt contra Woodrow Wilson y William Taft, el verdadero sabor de la democracia participativa y de la libertad política. También en aquellos años conoció la frialdad religiosa de los americanos, la falta de interés por el individuo, y la obsesión por el dólar, pero también la importancia del esfuerzo, y de que sólo un hombre es dueño de su destino.

En plena edad de maduración, los años que pasó en América le hicieron un hombre liberal, amante de la democracia, trabajador, bilingüe, y un buen candidato para la única hija del matrimonio que le había acogido. Por eso José quiso volver a España.

Y volvió a España, y con 19 años entró como soldado de infantería en el Ejército. En poco tiempo, ascendió a sargento, y tuvo que hacer frente a alguna de las revueltas de aquellos agitados primeros años 20, cuando uno de los oficiales a su mando alertaba en informes de las ideas de tendencia izquierdista de Pepe: “cuidado con las ideas liberales de este sargento”. En 1925 entró por méritos en la Academia de Oficiales de Infantería de Toledo, y en 1930 pide el traslado al recién re-creado cuerpo de Infantería de Marina, en Cartagena, donde se gradúa como oficial.

Es Pepe el que manda la guardia de honor que despidió a Alfonso XIII cuando embarca hacia el exilio. La República obligaba a todos los militares a jurar una constitución que declaraba un estado ateo y Pepe, que por su formación y conocimientos tenía posibilidades fuera de la carrera militar, decide obrar en conciencia y abandonar el ejército con el grado de capitán.

Pasaba temporadas con su hermano en Ciudad Real, y en una de sus visitas se reencontró con Julita, una hermosísima mujer con una historia de orfandad y caída en desgracia, pero también de resiliencia personal a prueba de balas. Julita se había graduado en la primera promoción de maestras de España, y ella tenía buen recuerdo de “su Pepe” cuando, siendo mas niña, éste pasaba cada día por los bulevares camino del Cuartel y les hacía bromas, mientras jugaban en la terraza. Se casaron (tarde para él, con 36 años) y se fueron a vivir a Calzada de Calatrava, desde donde Pepe ejercía de profesor de derecho mercantil en Ciudad Real, y Julita de maestra.

En su madurez, con una juventud dura y complicada, Pepe y Julita habían alcanzado un merecido nivel de paz y estabilidad, que empezó a dar fruto en forma de dos hijos y uno en camino Pepe, Antonio y Vicente. Pero la vida en el campo no estaba ajena a los movimientos políticos que azotaron España, y el día de las elecciones de Febrero de 1936, los milicianos asaltaron el colegio electoral para hacerse con las urnas, hecho que se repitió a lo largo de toda España. Pepe, recordando su experiencia democrática en Estados Unidos, sacó del baúl su arma reglamentaria y su guerrera, y salió junto con su amigo el alcalde de Calzada a defender las urnas. Cuando llamaron al cuartel de la guardia civil de Ciudad Real se encontraron con que los habían asesinado y tuvieron que aguantar hasta que llegaran las fuerzas del orden a defender la legalidad democrática.

Otra noche, 2 de mayo de 1936, marcaría el rumbo de su vida para siempre, por dos motivos: uno de ellos fue el asesinato de su mejor amigo a manos de la turba, el otro que nacía su tercer hijo.

No tuvo mucho tiempo de llorar al primero, ni de celebrar al segundo, porque que en julio de 1936, y por una denuncia anónima (luego se descubrió que era una persona muy cercana a la familia), es detenido como enemigo de la República y llevado a la Cárcel Modelo de Madrid.

Julita movió todos los hilos que fue capaz de mover, hasta saber el paradero de “su Pepe”, y por fin lo encontró rodeado de otros enemigos de la República: Pedro Muñoz Seca, los hermanos García Noblejas, padres con sus hijos de 14 años, y hasta un cura que les celebraba misa en secreto en la celda. Ella estaba embarazada de Javier, su cuarto hijo, y le iba a ver todos los días, le llevó su guerrera para que se abrigara pues ya en septiembre y octubre empezaba a venir el frío por la parte de la Casa de Campo. Otra cosa que venía por ese lado era Yagüe con sus 20.000 legionarios y regulares.

El Jefe de Orden Público de Madrid, un tal Santiago Carrillo de 21 años, se asustó ante la posibilidad de que los nacionales llegaran a las cárceles y liberaran a los más de 10.000 facciosos presos incorporándolos al frente de batalla. El miedo es lógico, pues todo el mundo sabe que Ramiro de Maeztu era muy buen tirador y que Muñoz Seca era un gran estratega militar.

Por eso firmó la orden de trasladar los presos a Valencia. Por eso hizo parar en la carretera de Belvís a Paracuellos a los camiones y autobuses de la red pública que llevaban a los presos, hizo que los ataran de dos en dos, ponerlos frente a una fosa común y, en una orgía de alcohol, sangre y odio, los hizo fusilar desordenadamente.

Matar personas en masa no es una tarea fácil, requiere destreza, pero también orden y organización. Disciplina de la que carecían los milicianos que, aquel mes de noviembre y comienzos de diciembre, sacaron llagas en sus manos de tanto matar, tampoco fueron muy discretos al respecto de sus hazañas. Es por ello que cuando la Cruz Roja preguntó e indagó, se pudo encontrar con mucha facilidad miles de cadáveres al aire, sin enterrar, en la falda de un pequeño monte por donde circulaba el río Jarana. Los fusilamientos cesaron inmediatamente, pero para entonces más de 5.000 personas, provenientes de Torrejón, la Modelo, Ventas…yacían muertas en los campos.

Más de 5000 personas en su mayoría hombres, más de 5000 “mi Pepe”, licenciados, campesinos, monjes, sacerdotes, estudiantes, militares. 50 niños la primera noche. Sangre, músculo e inteligencia necesarios para el futuro de una nación, segados con la hoz y aplastados con el martillo. Cientos de ellos ya santos y beatos por la Iglesia.

50 años después fui por primera vez con mi padre a Paracuellos a ver a mi abuelo Pepe en la fosa de las sacas del 7 de noviembre. De él aprendí el significado real de “perdonad, pero no olvidéis”.

Hoy, 83 años después de aquello, 33 años después de mi primera visita, los descendientes de las víctimas de Paracuellos sentimos más presente que nunca el dolor de aquella carnicería. Hemos sido obligados por ley (de Memoria Histórica) a recordar que nos cruzamos a diario con los nietos de aquellos, hemos sido obligados por ley a tener que hacer un esfuerzo de la voluntad, otro más, para tratar de superar aquello y mirar palante juntos como una nación. Hemos sido obligados por ley a recibir amenazas de exhumaciones, de venganzas, de recuperar odios. Y todo por culpa de la vanidad de un pobre señor acomplejado y con una ambición casi enfermiza. Y todo por un puñado de votos.

Vamos a dejar que los muertos entierren a sus muertos, y tengamos (ya de una vez) la fiesta en paz.



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