5 Pasos para Vivir como un Monje (sin serlo)

Cada tres o cuatro meses tengo la costumbre, desde hace ya muchos años, de escaparme al Monasterio De San Pedro de Cardeña. Es una increíble abadía benedictina de la orden de los Trapenses con más de mil años de existencia. Pasar por la majestuosa puerta principal del cenobio, frente a la que según la tradición está enterrado Babieca, es entrar en uno de esos puestos que tienen en las películas de pánico nuclear en las que te tienes que desinfectar y dejar detrás restos y bacterias, solo que aquí, los restos no son biológicos sino más bien mentales.

El Monasterio consta de una comunidad de 21 monjes y aunque la media de edad es elevada, siguen recibiendo jóvenes vocaciones. La experiencia de cada uno dentro de los muros es distinta, unos van para rezar, otros para crear (escribir, componer, estudiar…), otros para tomar decisiones importantes en su vida, o simplemente para evadirse unos días y conectar con la naturaleza y con una comunidad que de forma ininterrumpida (salvo los años de la desamortización, y los de la guerra civil) ha morado aquí.

Hay mil historias, cientos de momentos, que percuten los muros por dentro y por fuera, y eso se deja a la «serendipia» del huésped, pero merece la pena perder el tiempo con los monjes, hablar con ellos, darse cuenta de que no son personas desconectadas del mundo o (es necesario decirlo) bobas, no son beatas. La sabiduría proverbial de los monjes no se capta en una primera conversación, sino tras pasar horas y días con ellos. Hay algo que les alimenta desde dentro, que conforma su vida y la hace distinta, más auténtica.

Conseguir ese estado del alma en el mundo 2.0 es complicado, pero se puede. Fray Paul Sheller, de la Orden de San Benito (OSB) es el director vocacional de la Abadía de la Concepción y nos da las siguientes claves:

1. Cultiva el Silencio

San Benito en su Regla, decía:

“Hablar y enseñar son tarea del maestro; la del discípulo es callar y escuchar”.

(RB 6:8)

El silencio es el entorno que te permite escuchar adecuadamente la voz de Dios y la de los que te rodean. Hay mucha gente a la que el silencio incomoda, y por eso llenan sus días con ruido y distracciones innecesarias. Apagar la radio y la música, especialmente cuando vas en el coche, controlar la televisión o internet, te moverá a oír al Dios que está dentro de ti y te habla desde el fondo del corazón. Es más, estar en silencio nos ayuda a evitar los pecados de la calumnia o la difamación. San Benito se hizo eco de la sabiduría de los Proverbios, que dice “en un torrente de palabras no evitarás el pecado”. Evitando ruido innecesario, aprendes a cultivar el silencio necesario para poder generar el ambiente correcto para la oración.

2. Sé fiel a la Oración Diaria

San Benito decía que

“la oración debe ser, en suma, corta y pura, a nos ser que sea prolongada por divina inspiración.” 

(RB 20:4)

Esta instrucción de la Regla es consoladora para aquellos que tenemos una semana llena de cosas, una agenda complicada, y estamos saturados de responsabilidades en casa y en el trabajo o en la política, hasta el punto de que no tenemos capacidad de sacar mucho tiempo para la oración. Aún así, debes encontrar tiempo por la mañana para alabar a Dios antes de que tu día comience, para dar gracias por la tarde cuando vas a irte a la cama. Yo uso la app “Magnificat” para ello, que hasta tiene alertas y notificaciones que te ayudan a centrarte. Puedes rezar la liturgia de las horas para santificar el día, y específicamente ser constante en la oración de la mañana y de la noche. Sea cual sea tu práctica, el objetivo es estar ocupado en desarrollar una sincera relación con Dios mientras rezas, ofreciéndote a ti mismo y a los tuyos al cuidado de Dios. Surgirán muchas oportunidades a lo largo del día para ofrecer pequeñas y cortas oraciones. El objetivo de los monjes (y de cualquier católico) es rezar sin cesar, y puedes hacerlo manteniendo la memoria de Dios en tu corazón y en tu mente cada momento.

3. Crea una Auténtica Comunidad

Los monjes apoyan y motivan al hermano que se encuentra en dificultades, y se alegran y celebran entre ellos los momentos alegres. San Benito enseñó que:

“ninguno debe perseguir lo que es mejor para él, sino, más bien, lo que cree que es mejor para otra persona. A sus compañeros monjes, le enseñan el amor puro de los hermanos”.

(RB 72:7-8)

En un mundo tan individualista, de redes sociales, Tinder y relaciones superficiales, todas las personas tienen un profundo deseo de pertenencia y comunión con los demás. La vida espiritual siempre es un viaje que emprendemos con otros. Tienes que estar deseoso de invertir tiempo y energías para conectar personalmente con otros y mostrar interés por sus vidas, dejando que las conversaciones pasen de los tópicos superficiales, a temas con más sentido. Puedes desear juntarte con otros para compartir tu fe, tus valores y tu deseo de Dios. Rezando juntos, leyendo y discutiendo un libro espiritual, o el estudio de Biblia, son formas de juntarse para crecer en la fe.

4. Saca Tiempo para la Lectio Divina

La Lectio Divina o “lectura sagrada” es una antiquísima práctica monacal que enfatiza la lectura lenta y meditada de los evangelios, y te permite escuchar la Palabra y buscar la paz en presencia de Dios. San Benito alertaba a sus monjes de que:

“la inactividad es el enemigo del alma, así que los hermanos deben tener períodos específicos de trabajo manual así como de lectura orante”

(RB 48:1)

La reflexión de la Palabra de Dios, si se hace bien, tiene el don de llamarte a una contínua conversión. Familiarízate con el método y tómate entre 15-30 minutos al día en un ambiente en silencio para practiar la Lectio Divina con el Evangelio o con escritos de los santos o alguna otra obra espiritual. La lectura espiritual alimenta tu mente y tu alma, te ayuda a enfocar tu cabeza, y generalmente te aporta la inspiración que necesitabas. Encontrarse con el Mundo de Dios-

5. Practica la Humildad

Muchas partes de la Regla de San Benito subrayan la importancia de la humildad, especialmente en el capítulo 7, donde San Benito muestra la humildad como una escalera con 12 peldaños que el monje debe ascender. El primer peldaño es que el monje siempre mantenga el “temor de Dios” siempre ante sus ojos (RB 7:10). Cuando “tememos a Dios” o estamos “sobrecogidos” por Dios, mantenemos una relación sana, dándonos cuenta de que somos criaturas y no dioses. La Humildad es una virtud que necesita trabajarse, y supone estar con los pies en la tierra, ser honesto, sincero, tanto en el trabajo como en la oración, y cada día importa. San Benito escribió:

“pon tus esperanzas sólamente en Dios. Si notas algo bueno, reconoce que viene de Dios, no de ti, pero ten seguro que el mal que cometes siempre es tuyo y tuya es la responsabilidad”.

(RB 4:41)

Ser una persona humilde implica estar agradecido por las bendiciones y las oportunidades que Dios te da y que tus dones y talentos tienen a Dios como fuente. Permite que las dificultades diarias, incluso el pecado, sean una invitación a la humildad, donde admites sin dudar que debes depender enteramente de la gracia de Dios y no en tus fuerzas.



Categorías:Espiritual, Mental, Social, Vocación Política y Liderazgo

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