Duc in Altum!…

¡Remad mar adentro!. Es la exclamación de Jesús a un pescador cansado una mañana, tras una agotadora noche. La gente se agolpaba en la orilla y Jesús, que quería hacerse oír, se sube a un bote para hablarles de Dios. Simón (Pedro) no le invitó a subirse, y es probable que, después de una noche en la que no habían conseguido pescar ni una gamba, el primer pensamiento de Pedro no fuera muy proactivo. Me imagino la escena a la perfección:

“Vaya hombre, llevo toda la maldita noche pescando, no he conseguido traer nada a casa, tengo una sensación de tiempo perdido y mañana tendré que trabajar más tiempo para recuperar esta noche, estoy cansado y sólo me apetece dormir…¿a qué viene éste ahora a meterse en mi bote?, ¿no se podía haber subido en el de al lado?, si es que todo me toca a mí bla bla bla (y aquí una previsible letanía que repetimos casi a diario)”

Jesús termina de hablar, de repente, como dándose cuenta de quién es su anfitrión en su atril improvisado se gira a Simón y le dice: Rema mar adentro, y echa tus redes. Echa tus redes que vas a aprender la lección de tu vida, confía en Mí, que te voy a compensar tu servicio con creces. Simón, está cansado y deprimido, pero aún así no es capaz de decirle que no a ese Hombre, que le mira con tanta intensidad y amor y le habla con esa autoridad. Solamente le advierte de que llevan toda la noche y no han conseguido nada. Pero, una vez advertido, como liberado de cualquier responsabilidad (una gran forma de rezar), saca su bote de nuevo al mar, y los Zebedeos, Jacobo y Juan, obedecen a Pedro sin chistar, echan las redes y consiguen la mayor pesca de su vida. Y ahora, os haré pescadores de hombres, les dice cuando ya los tenía entregados a Él.

En algún momento de nuestras vidas se nos subió Jesús al bote, sin avisar, sin pedir permiso, mientras hacíamos cosas más importantes, vino a importunarnos con su presencia, nada discreta, de la que nos era imposible pasar, y nos dijo para nuestro propio beneficio, que fuéramos mar adentro, a donde cubre, donde el mar se embravece y las olas asustan en el barquito ínfimo y humilde de nuestras vidas.

Ser pescadores es nuestra vocación. El que está consagrado al servicio en la vida pública, sea del carácter que sea (político, directivo, periodista, profesor, abogado…), sabe que tiene un oficio para el que la llamada de remar mar adentro es doble:

  • Arriesga tu vida para ganar tu alma, porque ¿de qué le sirve al hombre toda la gloria del mundo si pierde su alma?
  • Sé consciente de que la pesca, las almas, ya no se encuentran en la orilla (hace ya mucho que la pesca no es tan sencilla), sino donde ya no se divisa tierra, no hay abrigo ni puerto, estás solo, con tu tripulación (los tuyos) y con Jesús.

Para ello es imprescindible no desembarcarle de nuestro ridículo bote, pero también tener la nave lista, embreada, calafateada, sin carcoma, sin agujeros, porque mar adentro hay tormentas, algas…y en el agua hace mucho frío.



Categorías:Social, Vocación Política y Liderazgo

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